El bisturí desgarró los milímetros precisos para que manara la sangre. En su cabeza, fueron colmillos los que abrieron paso al manantial de placer que acariciaba su garganta.
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El bisturí desgarró los milímetros precisos para que manara la sangre. En su cabeza, fueron colmillos los que abrieron paso al manantial de placer que acariciaba su garganta.

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