viernes, 18 de mayo de 2012

MecaUamenti



             Las bailarinas de can-can corrían despavoridas agarrando sus abultadas faldas, escapando de la explosión de esquirlas que desató la caída de Anton Von Cramp sobre el órgano a vapor que las acompañaba en su espectáculo. Los ebrios que mirábamos hipnotizados sus interminables piernas, apenas notamos que se desbandaban como gallinas ante el ataque de un zorro.
            El profesor Von Cramp me habló de que la luz era más rápida que el sonido, en términos que mi reducido mundo de cabezas de ganado, pólvora y whisky no lograba asimilar. Pero en aquel momento me hizo sentido lo que me intentó explicar.
            Una nube de luz —Sí, lo sé, suena raro, pero lo recuerdo como una nube—, se apoderó de todo el salón, cegando a los que aún nos podíamos poner en pie. Luego vino la onda expansiva —otra de las cosas que me explicó el profesor— que nos salpicó como estiércol.
            Desde algún lejano lugar me llegaban los gritos de Von Cramp.
           
            —¡Corra McColl, corra!
           
            Ese tipo de instrucciones no me costaba para nada entenderlas.
            Recurrí a mi memoria para encontrar la salida. Busqué a tientas las puertas batientes, pero solo encontré vacío. Poco a poco la visión comenzó a regresar y noté que en realidad ya no había puertas, ni siquiera pared. Bueno, ni el salón era tal. Era un agujero quemado desde donde aparecían figuras fantasmales. Entre ellas mi querido porfesor Von Cramp.


            —Es peor de lo que esperaba McColl —me dijo el profesor mientras sacudía sus otrora finas ropas, y me empujaba para que apresuráramos la huida—. Tao Chan Wu está implicado en la conspiración de los egipcios. El m... —el profesor se contuvo. Siempre se incomodaba ante las palabrotas que me salían como el aire que respiro— mal nacido nos traicionó y entregó el libro de notas de mi padre a Among Hop Tep. Siempre había sido él quien lo tenía. Por lo visto, viendo el actuar del “monstruo” que nos persigue, debe haber sido vendido ya hace tiempo para que lograran hacer las mejoras con él.

            —¿Monstruo? —como respuesta recibí la visión del artificio más grande que mis pueblerinos ojos jamás vieran.

            Mi primo Earl, que trabajaba en el tren de Florida me había hablado de cocodrilos gigantes que se tragaban a una persona con botas y sombrero. Pero esta bestia que nos perseguía bordeaba lo ridículo.
            Su sombra cubría toda la calle principal. De una sola pisada aplastó la capilla que tanto esfuerzo le había costado construir al padre Beachaump. No importaba cuánto me hubiesen comentado acerca de esa cosa llamada Uamenti, no pude evitar quedarme con la boca abierta.

            Menos ahora que en lugar de ser una especie carro alegórico, se había desencadenado en un monstruo mecánico e infernal.

            —Que obsceno despilfarro de recursos el construir una abominación de ese tipo. El cañón que instalaron usando la tecnología ideada por mi padre, debe exigir una enormidad a los motores a vapor que originalmente tenía ese golem de hierro.  Imagino que deben haber vaciado todas las cámaras que contenían los objetos arqueológicos de la exhibición itinerante, para utilizar el espacio como reservas de carbón.
           
            —¿Y por qué un cocodrilo profesor?

            —Porque es un animal sagrado para ellos. Simboliza... ¡Agáchate McColl! —una bola de luz que quemaba como el mismo infierno nos pasó rosando las cabezas. Mi pobre sombrero se retorció y ennegreció. Aún así lo seguí llevando. Me volteé y descargué uno.. dos... tres... cuatro... cuando daba el séptimo disparo sentí que el profesor me tironeaba y apenas lo escuchaba entre el estruendo de la explosión que nos cortó el paso.

            —Es inútil, no le causará daño alguno. Guarde sus balas para un mejor momento. Estamos llegando al globo, debemos apresurarnos. Si mis cálculos son correctos, tenemos  —dijo mirando su reloj de bolsillo— tres minutos y cuarenta segundos antes de que vuelva a disparar. Es el tiempo que demora en recargar el condensador de...

            —Profesor, no estoy de ánimos para recibir lecciones de ciencia en este momento.

            —Lo siento. El caso es que ya tengo un plan, arriesgado, pero es lo único que podrá salvarnos y salvar al país o incluso al mundo.

            —Pues en usted confío, profesor.

Llegamos al globo que aguardaba con llama baja, amarrado a un lado del corral de Jaime Cavanaugh. Soltamos amarras y para mi desesperación, el condenado canasto demoraba una eternidad en separarse del suelo. Cuando por fin comencé a sentir la brisa de la altura, el cocodrilo mecánico ya estaba bajo nuestros pies, soltando vapor como un toro enfurecido al amanecer.

            —Bien McColl, este es el plan. Cuando le indique, deberá disparar al interior de las fauces de la máquina. Yo me preocuparé de cortar los pesos para que nos elevemos más rápido y logremos esquivar la esfera energética si es que alcanza a salir. Supongo que con el movimiento será algo dificultoso apuntarle, pero por el tamaño, no debería haber tanto problema ¿o me equivoco?

            —No habrá ningún problema profesor. Con la cantidad de... —y entonces caí en cuenta de que no tenía mi cinturón de balas. Debía haberlo perdido en la explosión del salón. Revisé la nuez: solo quedaba una sola maldita bala. El profesor se percató de todo.

            —Pues en usted confío, McColl —dijo el profesor con una bastante bien fingida sonrisa de confianza.

            El Cocodrilo comenzó a abrir sus mandíbulas. En su lomo un gigantesco —como no— ventilador comenzó a tragar aire y todo escombro a su alrededor. Como ojos, tenía una franja de cristal que dejaba ver la cabina. Instalado en los controles, estaba Among Hop Tep, con su barbita puntiaguda y la misma sonrisa maqueavélica que no abandonaba su rostro. Se parecía mucho al semblante de las estatuillas que adornaban el lujoso vagón que lo había transportado a lo largo de norteamérica. En la cabeza, llevaba un casco de soldador que bajó, al tiempo que el profesor me gritaba,

            —¡AHORA MCCOLL!

            Apunté al círculo luminoso que comenzaba a crecer en el fondo de su hocico y apreté el gatillo.
            El globo subió de golpe ante la perdida de peso cuando el profesor cortó las sogas de las bolsas de arena.
            Una sacudida le dijo a mi pecho que había fallado y que la esfera energética nos estaba golpeando. En cambio, el porfesor Von Cramp me zamarreaba con evidente felicidad.

            —¡Lo lograste McColl! Le diste al condensador. Solo mira.

            El gigantesco cocodrilo mecánico se retorcía tal como me contaba mi primo Earl cuando los de carne y hueso atrapaban una presa. Pero este había atrapado una lengua de fuego que luego se transformó en una columna de humo. Después, cuando el agónico animal se había hecho agradablemente pequeño con la distancia, sus partes de fragmentaron y esparcieron.
            La esfera había pasado de largo por debajo de nuestros suertudos pies. Cuando me volteé a mirarla, se perdía en el firmamento.

            —¿Para dónde quieres ir McColl? Dijo el profesor, dando un largo sorbo a su petaca y estirándola hacia mi.

            —Teniendo este precioso brebaje, creo que prefiero quedarme un buen rato disfrutando del paisaje.

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