miércoles, 28 de diciembre de 2011

Yeshua Non Nato (primera parte).

"Jesus!" by Vince Locke 
Esta es la primera entrega, de la tercera parte y final de "Yeshua Non Grato", cuya segunda parte es "Yeshua Non Mortuus".



     El viento lanzaba arena como cuchillas que le clavaban el rostro. La boca no era más que un par de franjas de carne seca jaspeada por costras.


Arena.

Una década de estudios lingüísticos, geográficos, de idiosincrasia, para que el gran problema que debiese enfrentar fuese la arena.

Arena.

Era lo único que había comido en todo el día y no por falta de reservas. No se atrevía a ingerir otra cosa que no fuera agua de la sonda hidratadora. La última vez que el cansancio lo hizo bostezar, se tragó un puñado de arena.

Arena.

Pero necesitaba reponer energías de alguna manera. Extrajo una barra alimenticia del cinturón bajo la túnica. La deslizó cuidadosamente hasta la boca, que abrió el espacio justo para que entrase. Una ráfaga de viento condujo una franja de arena que se coló por las irritadas comisuras, formando un barro con la escasa y pegajosa saliva.

“¡ARENA!”

Fue el colmo. Subió la manga que cubría el brazalete que controlaba el teletransportador.

No debía usar tecnología si no era para lo estrictamente necesario o en caso de emergencia y esto para él, había tomado la forma de urgencia con creces.

Además ¿Cómo se iban a enterar? ¿Por la Biblia?

Se materializó a las afueras de Nazaret. Ya el aire húmedo le arregló el ánimo, hasta que se adentró en la ciudad. Era día de mercado y las calles estaban repletas de gente, animales e idiomas. Si esto era caótico, agradecía que no se les hubiera ocurrido mandarlo a Babilonia.

Buscó una sombra junto a una derruida casa. Comió y bebió copiosamente, ordenando sus directrices y aplacando en su cabeza la cacofonía del comercio. Entonces la recién lograda armonía fue atravesada por un pensamiento.

¿Por qué debo hacer esto?

Podía simplemente abandonar la misión y sacar provecho de su procedencia futura.

¿Qué ventaja tengo?

Era diestro en el uso de computadores, conducción de vehículos, incluso aprendió a pilotar helicópteros... ¿Sabía construir algo de aquellas maravillas? Nada. Ni siquiera tenía idea de como construir un simple motor a vapor. Adelantaría en dos mil años la revolución industrial. Pero no, apenas conocía la mecánica básica de su automóvil.

¿Y mis conocimientos históricos?

¿Qué haría? ¿Asesinar o aconsejar al Cesar? En ninguno de los dos casos lograría siquiera tocar los pilares del palacio. Además, él como estudioso sabía muy bien que la historia no era confiable, que las manos del hombre vencedor han moldeado los libros que la registran.

Podría erigirme como profeta y preparar al pueblo judío para el advenimiento de su Mesías.

No. Si no le creyeron al mismísimo Rabí, ¿Por qué tendrían que hacerlo con un extranjero de acento indeterminado? Podría usar tecnología para simular intervención divina. Eso, si sus artilugios no tuvieran carga limitada.

ELLOS debieron predecir su flaqueza. No podían simplemente lanzarlo milenios al pasado sin la seguridad de que cumpliría su cometido.

ELLOS tenían las garras en su cuello, estiradas a través del tiempo.

Se restregó la reseca cara con las aún más resecas manos. No podía estar pensando de esa manera. Él creía en la misión. Sabía que sucedería si no cumplía con su cometido. El solo hecho de recordar la pestilencia que inundaba cada rincón de su presente, le dio nuevos aires para continuar.

Se puso en pie y comenzó a indagar sobre el paradero de la hija de Yehoyakim y Hannah.

    
    Si hubiese demorado más en despejar sus dudas, se habría perdido el momento exacto de la Anunciación.

El Arcángel Gabriel tomó entre sus manos las de María y le dijo algo muy cerca del oído. Lágrimas brotaron y recorrieron las mejillas de la muchacha, que no debía tener más de trece años. Entonces la figura alta salió de la habitación y desapareció en la oscuridad que rodeaba la casa. Más bien se sumergió, ya que el negro parecía un líquido que lo hubiese envuelto en sus profundidades.

Llegó el momento de actuar.

Activó el camuflaje y se deslizó hasta el cuarto donde María, aún entre lágrimas, rezaba en la penumbra. Una vez que la muchacha se durmió, liberó los nanobots.

Las microscópicas criaturas mecánicas avanzaron en silencio por el piso, escalaron por el pie que colgaba a un lado, subieron por la pantorrilla y encontraron su camino en los muslos hasta la vulva.

Su trabajo estaba hecho hasta ese punto. Ahora todo dependía del sistema reproductor de la chica y del desempeño de los robo-cigotos.
Continuará...

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